Lento, cada vez más lento

Luego de 4 días seguidos de pedalear respirando polvo, llego a Dabola haciendo presión en los pedales ayudado por el impulso de la tos que traigo. Cansado, sucio y sudado, la ilusión de una bebida fría se desvanece en la oscuridad de un pueblo al que la electricidad escapa. Al entrar en la primera tiendita, pronto me doy cuenta de que las heladeras de Dabola enfrían tanto como un armario viejo de madera. Coca-Cola será una compañía diabólica en sus prácticas comerciales pero a falta de mangos, su producto más vendido, es uno de los que más me devuelve la energía al final de un día agotador. El problema es que saciar la sed con una Coca a temperatura ambiente un día cualquiera de marzo en Guinea, es tan refrescante y sabroso como hacerlo con un jarabe para la tos caliente vencido.

Mientras deambulo por las calles de Dabola esquivando los cráteres del asfalto en busca de mi dosis de azúcar, me cruzo con el sacerdote del pueblo yendo en búsqueda de su dosis de alcohol. La de él resulta exitosa, la mía no. Cuando le cuento que justamente es en las iglesias donde habitualmente me dan un lugar para pasar la noche, no duda en ‘invitarnos’. ¿Será que ya ve doble o simplemente me está tratando de usted (Vous) en francés? A juzgar por sus ojos vidriados, el aroma rancio de su aliento y el esfuerzo que pone en caminar derecho, asumo que es lo primero.

Cuando llegamos, percibo de inmediato que las instalaciones de la iglesia católica de Dabola y sus dependencias son más coherentes con la austeridad de los tiempos de Jesús que con la de los tiempos del Vaticano. Los pasillos de la residencia huelen a encierro y whisky barato. En la penumbra flotan las partículas de polvo brillando en múltiples haces de luz que filtran por las ventanas. La atmósfera del ambiente es un reflejo del humor taciturno del Padre. Caminando delante mío, bien lento al estilo guineano, va palpando con cuidado las paredes para no ir rebotando de una a la otra. Una habitación tras otra muestra las instalaciones. Finalmente se da vuelta y sentencia, señalando a un cuarto de paredes pintadas de rosa y manchadas por la humedad: - este es tu cuarto -

Ávido de descanso, decido quedarme a descansar en la guarida del padre alcohólico que nunca tuve. Como todo bebedor experto ha aprendido a moverse normalmente por la vida y la sociedad en estado permanente de ebriedad sin que resulte evidente a primera vista para la mayoría de las personas. Cuida con atención el ritmo de sus pasos para que sean firmes y continuos, como también mide los tiempos de sus palabras para mantener un discurso fluido libre de fallidos y silencios prolongados. En su bolsillo, lleva siempre la botellita de 230 ml de Sprite que usa para disfrazar el elixir del día: el whisky.

Al día siguiente, lunes, cuando las tareas de la misa de domingo quedan atrás, el Padre me invita a ir de paseo con él para visitar gente de la iglesia que vive en los alrededores del pueblo. Cuando piso la acera, después de casi dos días de estar puertas adentro en la residencia, necesito al menos 2 minutos para que mis pupilas se contraigan lo suficiente como para poder ver. Bajo los rayos de este sol impiadoso me siento como un murciélago encandilado por la luz de una linterna. El Padre no tiene mejor idea que salir en pleno mediodía y andar al mismo paso lento que dentro de su casa, pero es cierto que si va más rápido corre riesgo de caerse. Lo cierto también es que tampoco es necesario andar corriendo dado que eso desentonaría más con la vida de pueblo guineano que caerse en la mitad de la calle.

Al llegar a destino nos recibe un grupo de mujeres y, como es habitual, un batallón de niñas y niños. Las chicas flirtean con sus sonrisas. Escuchan música sentadas bajo el refugio de un alero envueltas en sus vestidos de colores. Una a una van turnándose para hacerse extensiones en el pelo con la ayuda de las otras. Mientras tanto llega otra joven que sube el volumen hasta la estridencia y al ritmo de los tambores guineanos se pone a bailar para mi cámara. Acaba de dejar a su hijito en brazos de su abuela para bailar como si no hubiera dado a luz hace tan solo dos días! Los niños la rodean, acompañando entre pasos espontáneos de baile y monerías infantiles. El Padre nos mira bebiendo de a sorbos de su botellita mágica desde una silla de plástico doblada por el calor.

Todo es diversión y si no fuera porque la hora y el calendario lo dicen, me resultaría imposible creer que es lunes a las 2 de la tarde. Mientras que en el mundo del que vengo el lunes es el día más odiado de la semana, aquí en Guinea se vive con la misma alegría del fin de semana. Bajo la mirada de occidente y de algunas sociedades del oriente lejano seguramente sean unos vagos cuyo vagancia resulta en la precariedad en la que viven. Sin embargo, lo que mis ojos ven todos los días son sonrisas que reflejan una alegría innata, desprovista del aura negativa que pesa sobre los hombros de aquellos que viven en sociedades obsesionadas con la productividad y la acumulación de objetos.

Una bocanada de aire fresco

Al salir de Dabola recibo con alivio la vuelta del asfalto y mis pulmones me lo agradecen. Voy rumbo norte, hacia la región de Fouta Djallon que tantos años llevo soñando visitar. En menos de dos días comienzo el inminente ascenso a esta meseta de montañas que se eleva sobre las llanuras de Guinea. Motivado por el inmenso deseo de ganar metros en altura, para ver caer aunque sea un puñado de grados de temperatura, pedaleo casi sin detenerme a descansar. Para cuando llego a Dalaba, a unos 1200 metros de altura sobre el nivel del mar, me siento en un país distinto. No solo por el clima sino porque finalmente entro en territorio fulani. Cambia la cultura, cambia el idioma, cambian los colores y diseños de los textiles y cambia la religión. Por geografía, clima, historia política y social, los fulani de Guinea son diferentes a los del resto de África. Lo que no cambia en absoluto es la hospitalidad con la que se apropian de mí, como si quisieran arrebatarle a los demás guineanos el espacio que ya se han ganado en mi corazón.

De allí en adelante, continúo subiendo y bajando por pendientes moderadas. El aire fresco y seco es un bálsamo para mi cuerpo. El aroma del bosque tiene un efecto purificador en mis pulmones que aún se recuperan del veneno consumido durante la semana anterior. Ahora, las coníferas me defienden del sol extendiendo su sombra hasta el camino por donde pedaleo. Su corteza y las fibras de sus hojas liberan la frescura que renueva el aire y de repente siento que voy en una bicicleta con aire acondicionado.

En tan solo tres días llego a Labe, la ciudad más grande de Fouta Djallon donde los simpáticos sacerdotes de la iglesia local me reciben en su residencia. Ellos no contrabandean alcohol en botellitas de Sprite como el Padre de Dabola, pero en el desayuno los veo mojar sandwiches de mayonesa en el café con leche hasta quedar completamente embebidos. Cuando los miro tragarlos creo que necesito beberme una botella de 2L de cognac para quitarme para siempre esa imagen de la cabeza. Si fuera cristiano creo que culparía al Diablo por los gustos culinarios de estos sacerdotes.

Me voy de allí con las energías renovadas. Nunca deja de asombrarme la velocidad de recuperación de mi cuerpo con tan solo reducir un poco el nivel de intensidad por algunos días. Mi mente se distiende más y me permite absorber mejor el momento presente, quizás tanto como en los momentos de alta tensión. Uno no advierte cuán profundo cala la monotonía del paisaje en la psique hasta que la diversidad vuelve para reactivar los sentidos. Al mirar las montañas a mi alrededor, densas en vegetación, las depresiones rellenas de neblina y sentir el aire fresco acariciarme el cuerpo, me recorre un cosquilleo similar al de salir de una anestesia.

La variedad permanece, pero la rigurosidad de la geografía se vuelve el infierno que ahora tengo que remontar, cuesta arriba y cuesta abajo entre cráteres, polvo y piedras por pendientes cada vez más empinadas. Agradezco que estoy ascendiendo a lo largo de uno de los rincones más remotos de África occidental y la ausencia de tráfico me permite seguir respirando aire limpio la mayor parte del tiempo. De no ser así, no creo que mis pulmones hubieran podido lograrlo. Es una paliza que se extiende por dos días enteros, hasta que en el tercero, en el kilómetro 70, Mali-ville finalmente aparece allá arriba en el horizonte. Es el pueblo más alto de Guinea, descansando sobre la falda de una de las cimas más elevadas y lejanas del Fouta-Djallon, a unos 1400 metros sobre el nivel del mar. La vista es sublime pero aún me quedan 5km de empujar la bicicleta cuesta arriba hasta llegar.

Si en Dalaba, la primera ciudad del Fouta Djallon a la que llegué, me sentía en otro país, en Mali-ville me siento en un mundo aparte. El pueblo se llama ‘Malí’ solamente, pero la gente le agrega el sufijo ville (ciudad en francés) para diferenciarlo del país vecino del mismo nombre. Hay muchos aspectos que lo caracterizan. Es por el lugar aislado donde se encuentra, resguardado por la altura. Es por la irregularidad de las montañas que lo rodean y por los caminos diabólicos que conducen a él. Es por el clima mágico y por consiguiente tener un paisaje agreste en plena región árida. Pero es un evento en particular por el cual el pueblo es conocido el que hace a la diferencia: su mercado del domingo. Dado que hoy es Martes, tengo que esperar 5 días hasta el fin de semana en un pueblo donde tecnologías del futuro lejano como la electricidad llegan tan solo unos minutos al día. Sin embargo, a esta altura he asimilado tan bien la lentitud guineana que me resulta ideal quedarme. Diría más, esto es casi como un retiro espiritual para mí.

Paso la semana entera disfrutando del microclima, leyendo acostado sobre la hierba bajo el sol y sin miedo de morir calcinado. Me deleito boca arriba mirando hipnotizado el cielo azul que ya tanto echaba de menos. Respiro hondo el aire impoluto imaginando que así purifico mis pulmones estropeados por el polvo. Estoy desconectado del mundo gracias a la bendición de la ausencia de Internet. Vivo entre amigos, porque me hago amigo de los amigos de mis amigos y de sus amigos, porque acá en Mali-ville todos parecen pertenecer a una misma gran familia.

Cuando llega el domingo salgo a la calle temprano a la mañana. De inmediato comprendo por qué este es el día que le concede la fama a Mali-ville. Veo al mismo pueblo en el que llevo 6 días ahora transformado en un mercado donde vibra la vida y el comercio se practica como desde el inicio de los tiempos. Fulanis de todas las aldeas de alrededores llegan a pie hasta aquí arriba para vender, comprar y trocar sus productos. Hay frutas, verduras, miel, harinas, ropa, calzados, chucherías y las siempre omnipresentes baratijas chinas que se han abierto paso hasta llegar aquí también. Atrapado en un río de gente que no deja de fluir en todas las direcciones necesito hacer cuña con mis manos para abrirme paso entre las personas que están totalmente sumidas en sus transacciones. Quiero verlo todo y no perderme de nada. Me frustra no saber hablar pular para socializar con ellos y poder decodificar todo el ruido de conversaciones, regateo, discusiones, disputas y chusmeríos que resuenan a mi alrededor. Me siento el invitado sorpresa en una fiesta donde todos socializan, sea entre grupos o individuos, y todos parecen conocerse. Soy el único que desentona vistiendo ropas enmudecidas por la mugre en medio de esta gala de atuendos multicolor que entonan hasta con las frutas y los colores de las sombrillas alineadas a lo largo de las calles. Qué espectáculo inolvidable para pasar mi ante-último día en Guinea.

La relatividad de los atajos

La mañana de mi último día comienza temprano con un debate entre mis amigos locales, acerca de qué camino tengo que tomar para hacer el descenso hasta la frontera con Senegal. Hay dos opciones y ninguna está en buena condición porque es un paso fronterizo tan remoto que casi nadie lo utiliza. Una de las alternativas es tomar lo que llaman el camino “principal”. Sin embargo, esto no se trata de un camino oficial dedicado a conectar los dos países. Todo lo contrario, es un camino que va dando una vuelta larga e intrincada conectando aldeas y que en un determinado punto hay un desvío por el cual se puede llegar a la frontera. La otra es tomar el “atajo”, que para hacer justicia a su nombre, no es ni más ni menos que un descenso por un sendero casi en línea recta de poco más de 30km de largo cuyo final es la mismísima aldea fronteriza. El punto en discusión durante el debate es si se puede o no, hacer en bicicleta. Algunos dicen que sí, otros dicen que no, pero lo que no saben es que para mí no hay dos opciones sino una: el atajo.

Para encontrarlo, primero tengo que ascender aun más alto, hasta 1500 metros de altura donde se encuentra “La Dama de Malí”. Me han hablado tanto de ella durante mi estadía que estoy conforme con haber elegido este camino porque de no ser así, me habría quedado con la intriga de ver cómo luce. Debo decir que se necesita mucha imaginación para reconocer el perfil del rostro de una dama esculpida por la naturelza en la roca sobre la ladera de un precipicio en los confines del Fouta Djallon. Con ella a mi izquierda, contemplando el horizonte desde lo alto, yo también me detengo unos momentos a entregarme a la reflexión. Estoy probablemente en el punto más alto de Guinea. Desde allí, en un exquisito clima primaveral, puedo ver allí abajo a lo lejos la llanura que se extiende hasta disolverse más allá del río Gambia en el horizonte difuso de Senegal. Tomo una foto mental de la grandeza del lugar, me despido haciendo una reverencia a la Dama de Malí y unos metros más tarde, encuentro la cabecera del atajo donde comienza el descenso.

Desde el primer momento, la bajada es inminente. El camino no perdonan. Los frenos se lamentan elevando el nivel de agudos hasta la estridencia cuando la pendiente alcanza su máxima inclinación. Las llantas lanzan alaridos, ardiendo por la presión de las zapatas de freno. En lo que respecta a mí, me encuentro en la constante lucha por desafiar a las leyes de la inercia y la gravedad. Necesito preservar el equilibrio hasta el límite de mi destreza para no caerme mientras esgrimo cráteres y rocas partidas. De caer, estoy seguro que pagaré con algún hueso roto el precio de tal caída. El sudor humedece mis manos hasta hacerlas resbalar sobre el metal de las manijas de los frenos. Cuanto más presión hago para frenar, más rápido se deslizan. Es un desafío en sí mismo, en plena hazaña de equilibrio cuesta abajo, no tener otra opción que soltarlos y volver a sujetarlos lo más rápido posible para poder mantener la bicicleta bajo control.

Cada tanto encuentro alivio en los rellanos donde se encuentran las aldeas fulani colgadas de la ladera. Son la única gente que veo en todo el día en la soledad absoluta de este descenso. Llego inadvertido y me voy llevando detrás mío una estela de niños al borde del delirio. Cantan, gritan, se matan de risa, empujan la bici mientras corren y me alientan. Alejados de todo, en el resguardo de esta ladera recóndita del Fouta Djallon, no tengo dudas de que soy lo más cercano que vieron en todas sus vidas a un extraterrestre piloteando un OVNI, .

Intento disfrutar de las últimas vistas mientras desciendo pero la brutal condición del camino absorbe toda mi concentración. Para poder apreciar necesito detenerme, pero no puedo hacerlo tanto como quiero, porque después de más de tres horas solo he descendido unos miserables 10 km y comienzo a preguntarme si es que podré salir de este infierno antes del final del día. La progresiva disminución de las pendientes enciende por un rato mi ilusión hasta que veo adelante mío al camino desintegrarse en un manantial de cascotes donde ya no puedo siquiera mantenerme arriba de la bici. Empujar se vuelve tan difícil como en el barro del Congo meses atrás. La diferencia es que aquí en vez de hundirme, no encuentro lugar estable donde pisar para generar el empuje que necesito para poder mover entre las piedras sueltas a la masa inestable de 75 kg sobre ruedas que intento propulsar.

La bajada me ha dejado con tendinitis en las manos por la fuerza constante que tuve que aplicar en los frenos durante todo el descenso. Ya de vuelta en la llanura, el sol vuelve a encender las hornallas de este infierno y me he quedado sin agua. Estoy completamente solo. El sudor chorrea formando vertientes por mi cuerpo que fluyen desde la cabeza hasta mis pies. Cada tanto, unas pocas gotas logran sortear los obstáculos de mis cejas y pestañas hasta abrirse paso dentro de mis ojos. La concentración de sal que tienen me corroe las retinas al punto de que el ardor me deja ciego por varios segundos a la vez. En 5 horas de descenso desde que salí de la “Dama de Malí” he avanzado 22km. Sin dudas este es el atajo más largo que he tomado en mi vida. Es mi último día y Guinea se obstina en mantenerme atrapado en la telaraña de su lentitud.

La odisea de cascotes se lleva dos horas más de mi vida en términos cronológicos pero una eternidad para mi ment, hasta que de repente, casi como por arte de magia aparece un camino de tierra firme delante mío. En la boca saboreo los recuerdos más brutales del Sáhara sudanés a 60 C, masticando la misma asquerosa pasta blanca que se forma producto de la deshidratación severa. Con el afán de evitar un inminente golpe de calor me monto en la bici a rodar los últimos 10 km hasta llegar a la aldea fronteriza de Gadalougué. Es ya el final de la tarde. Detrás mío queda el magnífico Fouta Djallon, ahora con la forma de un pastel que fue desmontado sobre una bandeja, pero la deshidratación no da tiempo para contemplaciones poéticas. En la primera choza que encuentro, me detengo urgente para pedir agua. Ante los ojos desorbitados del aldeano, engullo una botella de agua tras otra. Puedo sentir a cada litro penetrar como un manantial que irriga los canales que conducen hacia cada rincón de mi cuerpo. Todos hemos aprendido de una forma u otra en algún momento, que el agua es fundamental para la vida, pero solo cuando se llega a la necesidad extrema, puede uno experimentar con certeza la relevancia de este dato.

Los minutos pasan. Estoy echado sobre una silla con las piernas estiradas, sumido en una suerte de profundo éxtasis resultado del proceso de hidratación que está ocurriendo dentro de mi cuerpo. Mientras tanto, sigo dando sorbos. Al poco tiempo, el aldeano dueño de la casa reaparece. Antes de que pueda preguntarle cualquier cosa, me ofrece quedarme allí a pasar la noche en la choza de su hijo. Su sonrisa blanca fluorescente, es la misma sonrisa de oreja a oreja que Guinea deja dibujada en mi rostro al final de mi travesía.

Guinea en mi corazón

Durante aquel primer día en el que rodaba respirando polvo a lo largo de la carretera flanqueada por montañas de basura acumulada, no podía imaginar el impacto que la experiencia en el resto del país tendría en mí. Es cierto que Guinea tiene un gravísimo problema con la basura plástica, la escasez de casi todo confort material y una precariedad inmanente en la vida cotidiana similar a la de los países más pobres en los que he estado. Sin embargo, una y otra vez, las personas me han cautivado con sus sonrisas despreocupadas, su reír fácil, su sencillez y la calidez de su trato.

Las mujeres, haciendo justicia a la cónsul de la embajada de Bámako, me han enamorado con el encanto de sus miradas y la sensualidad de sus curvas. Los hombres, por su parte, han procurado siempre velar por mi seguridad y hacer de cada día brutal, un día más fácil y más lindo.

La lentitud de la vida guineana está compensada por la velocidad con la que la gente te sonríe, te da una mano y te acoge como si fueras parte de su familia.

Me voy de Guinea con el corazón lleno de caricias. Me voy sintiendo una profunda admiración por su pueblo que no se queja, que no se lamenta, que tiene la capacidad de sonreír y bailar a pesar de la profunda adversidad con la que lidian diariamente. Ellos y ellas no lo saben, pero verlos vivir así me ha dado lecciones que ningún libro o institución me han enseñado, y por ello siempre les estaré infinitamente agradecido.