Calles de agua

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Ya dentro de Benín con mi pasaporte sellado, pude sentir con claridad el enorme estrés que Nigeria (y todo lo que se dice de ella) había generado en mí durante todos los meses que precedieron a mi llegada. Si bien todo salió extraordinario allí y me enamoré del país, el peso psicológico seguía presente de una u otra forma. Ahora, al montarme en la bici, sentía una ligereza de cuerpo y mente difíciles de describir; casi como si me hubieran quitado de atrás de la bicicleta a un elefante batsuano que traía atado desde el sur de Africa. De repente, tuve la sensación de que desde ahora y hasta llegar a las orillas del Mediterráneo, todo sería más fácil. Definitivamente, habría un antes y un después de Nigeria.

Salí del puesto fronterizo decidido a llegar a Cotonou aquella misma noche para celebrar un reencuentro que llevaba meses añorando. Unos 5 meses atrás, en Luanda, había conocido a Germano, uno de esos grandes hermanos que te regalan los caminos del mundo. Durante todo ese tiempo en el que yo sorteaba una tras otra odisea para llegar hasta aquí, Germano se había mudado por trabajo desde Angola a Benín y allí, en su nueva casa, me estaba esperando. Cuando uno viaja solo por el mundo por mucho tiempo, se acostumbra a que nunca nadie esté esperando por nosotros en el lugar hacia donde nos dirigimos. Por eso, la ilusión del amigo que me espera, me dio la energía y la motivación necesarias para seguir pedaleando ya entrada la noche a pesar del cansacio, y completar los 135 km que me habían traído desde Lagos hasta Cotonou en este día agotador.

Aparte de pasar tiempo entre amigos y continuar con mi proceso de recuperación física, la realidad es que no hay mucho para hacer en la ciudad. Por encima de esto, es el primer lugar de Africa en mucho tiempo donde no siento la amabilidad a flor de piel presente en la gente, a la que ya estoy tan mal acostumbrado. Por el contrario, aquí las caras son frías, tensas y reina una fuerte apatía en el aire, especialmente hacia los blancos, Esto no debe ser sopresa ya que Benín fue durante 300 años uno de los puertos más brutales de tráfico de esclavos del mundo y el dolor del pasado se siente aún en el aire.

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Calles de agua

Nunca deja de sorprenderme que cualquier lugar en el mundo donde hay casas sobre agua, se encuentra la excusa perfecta para llamarlo “La Venecia de...” y en consecuencia tenemos “La Venecia de…” en cada continente. Ganvié no es la excepción y por eso se la conoce como la “Venecia de Africa”. Aunque honestamente hablando, lo único que tienen en común con Venecia es el agua, porque lejos está la modesta Ganvié con sus casitas de chapa y madera, de las onerosas estructuras de gótico veneciano. Como tampoco tienen que ver las mujeres africanas vendiendo frutas envueltas en vestidos coloridos con los gondolieri en el Grand Canal paseando turistas ricos.

Dejando las comparaciones estúpidas de lado, Ganvié es ciertamente única con su paisaje a veces tranquilo, a veces caótico de calles y avenidas de agua llenas de vida con gente yendo y viniendo en sus canoas. La gente pesca, comercia, conversa y desarrolla toda su vida cotidiana en el agua, tal como todos los demás lo hacemos en nuestro mundo urbano.

La magia de Ganvié no se limita a su paisaje acuático sino también a la vida que transcurre en el interior de sus casas. En una de ellas tuvimos la suerte de conocer personalmente a Olori Oluwo Keye, ni más ni menos que el Rey de Ganvié, quien envuelto en sus coloridos atavíos y abalorios nos recibió en su casa. Su tarea de Rey no se limita tanto a las cuestiones políticas sino más bien a las espirituales. Olori Oluwo Keye es el más prestigioso sacerdote vudú de Ganvié a quienes todos acuden con el mayor respeto.

El vudú es una tradición espiritual animista que tiene su origen en esta región de África occidental donde aún hoy es altamente practicado. Desde aquí, y a través del esclavismo, el vudú desembarcó en las américas, especialmente en la región del Caribe pero también en Estados Unidos y Brasil. Occidente, por otra parte, especialmente a través del cine hollywoodense, se ha provisto de sus intensos rituales para generar una fama totalmente siniestra y distorsionada de lo que el vudú en realidad es y significa espiritualmente para la vida de miles de africanos y afroamericanos. El rey nos lleva a recorrer su casa y nos muestra sus altares y objetos sagrados, en un recorrido que se siente como un traslado a una dimensión paralela.

Perder el brazo en Cotonú ( o casi)

Es una de mis últimas noches en Cotonú. Germano me lleva a cenar con unos amigos libaneses a un restaurant muy bueno en un barrio de clase alta. Mientras estamos en plena cena al aire libre, unas personas se levantan en una mesa más allá de la nuestra. Todo el mundo se da vuelta, pero yo no entiendo por qué, hasta que lo veo y lo reconozco.
¿Recuerdan aquel personaje del guerrero negro procedente de Nubia en la película gladiador? De pocas palabras, él es tan esclavo y guerrero sangriento del coliseo como también una suerte de místico espiritual que consuela a Gladiador con su hablar calmo y filosófico.

Allí mismo, en aquel restaurant de Cotonú, Djimon Hounsou terminaba de cenar con sus amigos . Allí descubrí que su origen era beninés y que estaba seguramente de visita en su tierra natal. Por supuesto que no quise perder la oportunidad de tomarme una foto con él como gran evento de color en este viaje, por eso me levanté para acercarme. Sin embargo fue al extender mi brazo para saludarlo cuando ya estaba a unos pocos metros, que descubrí que su grupo no era tan solo de amigos, sino de sus guardaespaldas, cuando uno de ellos me tomó de la muñeca y casi me arranca el brazo antes de llegar a Djimon.
Djimon, el maldito gladiador nubio sonreía a todos al pasar mientras yo no sentía ni el hombro ya, cuando su guardaespaldas me soltó. Maldito hijo de puta “I will meet you again, but not yet, not yet….”

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Mis días de descanso en Cotonú llegan a su fin. He recargado mis energías como nunca antes, no tanto por haber dormido cómodamente y comido mucho mejor, sino por la incomensurable compañía de mi amigo Germano quien me ha cuidado como a un hermano. Por otra parte también tuve la enorme alegría de conocer a Jiang Lei, un jóven chino que me sigue desde hace mucho y vive en Benín enseñando chino. Jiang Lei tuvo la gentileza, como buen chino, de invitarme a comer aquellos platos maravillosos que solía comer siempre durante mi vida en China. Pero aún más tuve el honor de que, antes de irme, hiciera un breve documental sobre mí. Aquí los dejo con él.