El negrito de Camerún

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 Pasé los últimos meses cruzando la selva sorteando un obstáculo tras otro y sometiéndome a una tras otra paliza, hasta llegar al corazón de la misma. En todo el trayecto había arriesgado mi vida más veces de las que prefiero recordar y hasta fui golpeado por un corrupto oficial de inmigración congoleño. Ahora me tocaba salir de allí y hacer que la salida transcurriera de la mejor y más rápida manera posible ya que luego de llevar meses mal alimentado haciendo sobreesfuerzos constantes, llevo mucho tiempo funcionando con energías de emergencia. Lo puedo sentir en la creciente debilidad de mi cuerpo, en las infecciones de las heridas en mis piernas que nunca sanan y en mi inminente pérdida de peso. Sé que necesito parar para recuperarme pero para ello también necesito un buen lugar, aunque ese lugar no llegaría por mucho tiempo aún.

El negrito de Camerún

Tenía dos opciones para llegar a Camerún. Una era avanzar río arriba por la República Centroafricana hasta Berbérati y la otra era ir río abajo hasta cruzar a Libongo. A pesar de que me habían aconsejado no hacerlo, decidí optar por la primera para conocer más la R.C.A pero ni siquiera había hecho 50 km cuando antes de llegar a Nola, las cosas se pusieron turbias. Un grupo de adolescentes de las milicias cristianas Anti-Balaka se cruzó en mi camino armados con Kalshnikovs Ak-47 y me forzaron a parar. No me agredieron ni me prohibieron continuar, pero luego de un breve intercambio con ellos, mi instinto me dijo que claramente sería mejor volver para atrás y entrar directamente a Camerún por Libongo.

Durante el resto de la mañana y principio de la tarde continué por la selva retrocediendo mis pasos por un estrecho sendero de barro rodeado de magníficos árboles llenos de vida. A lo largo del camino volví a pasar por más asentamientos de pigmeos Bayaka y bantúes, quienes me indicaban cómo encontrar la casilla de madera a orillas del Sangha que sirve de puesto de inmigración. Era la misma casilla a la cual había llegado en lancha con Andrea, y al igual que aquella vez 3 semanas atrás, los policías y militares holgazanes seguían semi-ebrios echados bajo la sombra de los árboles en el asfixiante clima tropical. A pesar de la ebriedad, me recordaban perfectamente y decidieron no molestarme pidiendo sobornos.

El próximo reto ahora era negociar con un balsero para que me cruzara en canoa al otro lado del Sangha. En lugares olvidados del mundo donde no pasan turistas ni mucho menos blancos, estos puntos fronterizos son el lugar clásico para la prosperidad de algunos oportunistas. -25000 CFA - (~50US$) Me dice uno en tono burlón, envalentonado por sus amigotes, creyendo que hoy se había ganado la lotería. Yo, con toda la serenidad del mundo, y ya con casi dos años de lidiar con estas cosas no tan buenas de Africa, le respondo con buen sentido del humor -¿Ah sí? Pues yo creo que voy a nadar con la bicicleta a mis espaldas antes que pagarte eso. Mira, la gente local paga 1000 CFA (~2US$), yo no espero pagarte lo mismo porque llevo mi bicicleta y te pagaré lo justo, así que te ofrezco 2500 CFA, que es más del doble de la tarifa que yo sé que le cobrás a todos los que no son blancos. ¿Salimos ahora, te parece?

Como era de esperarse, se rehusó con total firmeza tratando de justificar la tarifa totalmente irracional con una interminable lista de mentiras. No me preocupé porque estas situaciones tan comunes requieren de dos cosas: paciencia y buen humor y hoy, me siento particularmente dotado de ambas. En vez de pelear e indignarme tomando esto como algo personal, me puse a charlar con ellos de otras cosas, de las cuales nos reíamos todos, y cada tanto, retomábamos el tema del precio. Luego de unos 40 minutos y ya con más gente alrededor alistándose para cruzar, decidí sentarme en la orilla como si nada pasara. Finalmente, el balsero y sus amigos se acercan y me dicen - "bueno, vamos". ¿2500? - Reitero para confirmar  - "Oui, aller aller" (Sí, vamos vamos) - Responde.  Todos con una sonrisa. Hermosa vida africana.

30 minutos más tarde desembarcaba finalmente en Camerún luego de haber cruzado una vez más el magnífico río Sangha. Era de esperarse que necesitara otros 30 minutos de dar vueltas arrastrando la bicicleta de un lado para el otro hasta poder encontrar la casilla de inmigración en este lejano pueblo en el olvido. También era de esperarse que necesitara esperar otros 30 minutos hasta que el policía a cargo, quien estaba seguramente reunido en un bar con sus amigos, llegara para sellar mi pasaporte, y era igualmente de esperarse que necesitara otros 30 minutos para que se convenciera de que no le iba a pagar ni un céntimo del soborno que esperaba. A diferencia del infierno que viví en el Congo, un mes atrás, este oficial era muy sonriente y simpático y todo transcurrió en un ámbito de buen humor. Una hora y media más tarde desde mi desembarco, me encontraba con el pasaporte sellado, bajo un sol abrasador, extenuado y sin ánimos de montarme en la bici.

Miraba a mi alrededor y estaba en Camerún, un país que, por esas cosas insólitas, estuvo presente en mi vida desde muy pequeño. Tendría unos 4 o 5 años cuando mi papá volvió un día del trabajo con un regalo para mí. Era el "Negrito de Camerún" un personaje creado por el famoso historietista argentino Carlos Loiseau, más conocido como Caloi. Adoraba a mi negrito de Camerún. Lo llevaba todo el día conmigo y durante muchos años dormí abrazado a él. Ciertamente difícil me era imaginar en aquel momento cómo sería el país Camerún, y muchísimo menos que algún día, poco más de 30 años más tarde entraría en el mismo por este remoto pueblo y en bicicleta.  

Libongo queda en el fin del mundo, pero está lleno de "negritos de Camerún". Si bien aquí no llevan un hueso atado a la cabeza como tenía mi muñeco de peluche y tienen brazos, aquí no llega internet ni señal de teléfono. Son más de 100 km a través de la selva hasta encontrar el próximo asentamiento de gente y ya era muy tarde para mí. Mientras paseaba sin rumbo ponderando mis opciones en los alrededores de este pueblo de calles de tierra, calor ardiente y gente mayormente indiferente, vi venir una pick-up nueva en el sentido contrario. Un hombre blanco la conducía. Era Giorgio, el director de una compañía maderera italiana que básicamente asegura la existencia de Libongo. Al ver mi cara, más negra de la mugre que la del "negrito de Camerún" y mi agotamiento, Giorgio me dijo sin dudarlo un segundo - te vienes a casa y te quedas el tiempo que quieras-. En el predio de los empleados de la compañía, me dió una casa entera para mí, con aire acondicionado y equipada con todo. No podía creer mi fortuna. Pasaría 4 días allí con él y sus colegas, comiendo pasta italiana como si no hubiera un mañana, casi como en familia. Bolognesa, pesto, scarparo, todas las salsas, y no estaba alucinando.

Destrucción controlada

Durante mi estadía en Libongo, Giorgio no sólo me llevó a visitar la inmensa fábrica de producción de madera de la cuál él es director, y desde donde se exporta hasta Italia, sino que me llevó con él a supervisar los diferentes puntos de tala dentro de la selva. Allí, los grupos de leñadores viven en campamentos alejados de todo por varios días consecutivos. 

Honestamente hablando, mi predisposición para hacer estas visitas no era la mejor. Las continuas escenas de deforestación que ya llevaba viendo en los últimos meses desde Gabón y a través de Congo, me desgarraban el alma. Cada vez que un camión cargado de troncos pasaba delante mío, llevándose los fragmentos que le han sido arrebatados a esta magnífica creación milenaria de la naturaleza, sentía la profunda impotencia de quien quiere cambiar el mundo y no puede. 

Sin embargo, en este caso, he podido ser más receptivo porque mantuve largas charlas con Giorgio al respecto. En ellas puso una gran dedicación para explicarme en detalle todos los procesos que hacen sustentable a la práctica de su compañía, a diferencia de las de las compañías predadoras chinas activas en la región que derriban todo a su paso sin respetar los ciclos de regeneración. De no ser así creo que no hubiera podido soportar ver con mis propios ojos, cómo los leñadores derrumbaban en tan sólo 15 minutos, unos tras otro árbol de entre 85 a 120 años de vida. Pero aún así, me costaba mantener la mirada y no sentir mi corazón estrujarse al oir el estridente sonido de las motosierras seguido del estruendo de la brutal caída.


Me quedé 4 días viviendo en la casa que me dió Giorgio. Descansé y comí lo más que pude para recuperar energías pero soy consciente de que necesito más tiempo, porque ya nada alcanza en este punto luego de tantas semanas en déficit. No obstante, debo seguir adelante y salir de la selva. Mi salud desmejora rápido y llevo semanas incomunicado con mi familia a quienes ya extraño mucho. Recién hoy pude notificarles de mi existencia gracias a la conexión a internet satelital de Giorgio, que a pesar de su lentitud extrema, me permitió enviar un e-mail de  4 palabras luego de 3 días de intentarlo. Decía "Estoy vivo. Estoy bien". Aún me queda un largo y duro camino por delante. La información que recibo de primera mano de Giorgio y sus colegas es desmoralizadora. Me dicen que los 280 km hasta Yokadouma, el primer pueblo grande, están en muy mala condición porque ha llovido mucho, pero no tengo tiempo para PRE-ocupar mi cabeza. Es momento de seguir adelante y enfrentar lo que venga un paso a la vez.