Monotonía de fin de año

Una de las emociones más bellas que me ha dado viajar en bicicleta es la de saber apreciar la lentitud. Vivir la vida en cámara lenta, sin correr y a mi propio tiempo. Sin embargo, hay momentos en los que es necesario apresurarse por buen motivo y este es uno de ellos. Tengo un billete de avión al paraíso saliendo desde Accra, pero me faltan poco más de 1000 km para llegar allí y muy pocos días para llegar a tiempo. Es hora de pisar el pedal a fondo.

Entre las grandes recompensas de estar tan entrenado físicamente, está la capacidad de un cuerpo que responde como una máquina en el primer momento en el que uno lo necesita. El mismo día en el que salgo de Ouagadougou llego a la frontera ghanesa 157 km al sur y apenas estoy cansado. No solo fue la necesidad de hacer kilómetros en cantidad lo que me impulsó a pedalear sin parar, sino también la inquietud de estar pedaleando en un trayecto donde, según me habían dicho, abundaban los bandidos. Por suerte, no ocurrió nada peor mas que luchar contra el aburrimiento de la monotonía del camino árido y poco atractivo.

Contrariamente a lo que me decían mis ilusiones, la monotonía no termina en el sur de Burkina Faso sino que se extiende bien dentro de Ghana, donde no ocurre básicamente nada en especial. Una combinación fatal de camino asfaltado plano, bastante tráfico, mucho calor y un paisaje desprovisto de toda belleza natural se vuelven un desafío. Porque ¿quién dijo que los desafíos son tan solo aquellos que implican grandes osadías?. Mi mente inquieta y habituada a grandes dosis diarias de adrenalina, ya no sabe cómo entretenerse durante las largas horas que me mantengo arriba de la bici en esta región tan aburrida. Cuando llega la abstinencia, la mente se vuelve indómita y caprichosa y el aburrimiento la peor condición a combatir. El único paliativo es que los ghaneses son encantadores, pero sería más efectivo si tan solo hubiera más gente en esta región del país tan poco habitada.

Dentro de esta parte tan poco desarrollada de África, Ghana está notablemente varios pasos delante de Burkina Faso, Togo y Benín. La diferencia es clara y la puedo ver en los pueblos donde es más habitual ver casas de ladrillo sólidas, mayor disponibilidad de electricidad, tiendas con más variedad de alimentos y lo más reconfortante aún mejor calidad de comida. El jollof, el plato de arroz rico en especias típico de Ghana, se vuelve inmediatamente mi favorito y parte intrínseca de mi dieta diaria. En el intenso sabor del jollof encuentro alivio y recompensa a las largas horas de tedio en la bici.

Maratón de año nuevo a Kumasi

Tengo la panza llena y contenta pero el paisaje no mejora ni el entretenimiento tampoco. En una situación así ¿Cuáles son las chances de encontrar a dos rubias escandinavas en estas tierras tan lejanas en el medio de África negra? Mientras avanzo escuchando música intentando distraer mi mente, primero pienso que es un espejismo adelante y a lo lejos, pero a medida que me voy aproximando van tomando forma real. De piel blanca como la leche y cabellos dorados de princesas de castillo, brillan como dos bengalas encendidas en pleno continente negro. Son Camilla y Fani, de Suecia y Finlandia. Es imposible no detenerme a hablar con ellas, porque sin lugar a dudas ellas se ven igualmente soprendidas. Camilla me cuenta brevemente que un día decidió dejar la seguridad de su trabajo en Suecia y comenzar a juntar fondos para ayudar a construir escuelas en este alejado rincón en el norte de Ghana. Es en la aldea donde construyó su primera escuela donde paso la noche con ellas en casa del jefe de la aldea. Su adorabl mujer nos agasaja con el más delicioso jollof que habría de probar en el resto de toda mi travesía a lo largo del país.

Es 29 de diciembre, pronto víspera de año nuevo y me inquieta no tener plan alguno dónde pasarlo. Para mi sorpresa, aquella mañana antes de partir, Camilla me invita a pasarlo en Kumasi, junto a ella en la sede de los Peace Corps de Estados Unidos. El problema es que me faltan muchísimos kilómetros para llegar a Kumasi pero la idea de pasar un año nuevo divertido y en buena compañía me genera tanta ilusión que digo que sí, aun sin saber siquiera si podré llegar. La maratón para llegar a Kumasi comienza aquella mañana. En ese mismo día hago 150 km hasta llegar a Tamale, la tercera ciudad más grande de Ghana donde paso la noche.

Al día siguiente, la monotonía continúa, pero la ilusión de año nuevo me mantiene lleno de energías. Sumado a eso, descubro que el atajo que decido tomar para ahorrarme unos 100km es un camino de tierra naranja y muy poco transitado. Inmediatamente mi corazón se enciende de alegría porque si bien avanzo más lento, hace mucho calor y el paisaje sigue sin ser el más divertido del mundo, la rugosidad de la superficie, la presencia de aldeas, y la vuelta a la vida sencilla africana me reconfortan. Entre tanto, yo utilizo mis estrategias habituales para entretenerme a lo largo del día. Sobre la bici canto, bailo, juego a conducir sin manos, a saludar a los animales y tal vez de esta manera brindarle a los pocos ghaneses que me cruzo a lo largo del día, un bonito espectáculo de locura con el cual divertirse.

Sobre el final de la tarde me sorprende un incendio que abrasa las pasturas áridas que bordean el camino y enrarece el colorido cielo del atardecer llenándolo de nubes de humo negras. A lo largo del camino el calor de las llamas se vuelve muy intenso, pero más intenso aún me resulta ver a decenas de niños corriendo descalzos de punta a punta por las partes quemadas. Me detengo a ver qué es lo que están haciendo, cuando uno de ellos se acerca sosteniendo a dos ratas por su cola. El calor del incendio fuerza a todos los roedores a salir despavoridos de sus madrigueras. Afuera,los niños están esperando ávidos para cazarlas y llevarlas a casa para complementar la cena con una porción de proteínas. Con entusiasmo corren detrás de ellas, las hostigan, las atrapan y las rebanan con sus cuchillos. Es un evento que no parece muy habitual y puedo notar que están aprovechándolo lo más posible.

Al caer el sol, me siento en un lugar muy seguro, por eso decido seguir avanzando para hacer más kilómetros y acortar la largar distancia que aún me queda a Kumasi. Pedaleo hasta entrada la noche hasta que llego al pueblo de Sagala. Me siento tan a gusto en África y tan seguro que ya ni siquiera me preocupa saber dónde voy a dormir, porque siempre, sin excepciones sé que algún lugar voy a encontrar. Cuando llego a Sagala, antes de buscar un lugar para dormir me bajo de la bicicleta en la primera cantina que encuentro y ordeno dos platos de jollof. Tengo tanto hambre que si la carne que viene en el jollof del día de hoy fuera la de las ratas que cazaron los niños horas atrás, me sabría igualmente a fillet mignon.

Mientras devoro los platos, Ebenezer, un jóven ghanés super simpático se acerca a conversar conmigo. Luego de contarle mi travesía y cómo había llegado hasta allí, me invita a quedarme a dormir en su casa. Es justamente por este tipo de encuentros tan frecuentes y comunes en África, el motivo por el cual ya nunca me preocupa dónde dormiré. Ebenezer me recibe como a un hermano en su humilde casa y su “no” es categórico cuando le digo que yo tengo mi colchón inflable para poner en el piso. Me dice que él dormirá en el piso y yo en su cama bajo la mosquitera. Es la larga sucesión de gestos así lo que me lleva preguntarme de qué manera puedo o podré, devolverle a la gente y al mundo una mínima fracción de lo que yo recibo. Reconfortado por las caricias de la humanidad, hoy encarnadas en Ebenzer, me entrego al cansancio para dormirme feliz con una enorme sonrisa en el corazón.

Durante los dos días que siguieron pedaleé más de 300 km y de no ser por la demora de la barca para cruzar el Lago Volta hubiera llegado a Kumasi antes del anochecer del 31 de diciembre. No sé si es realmente por el final del año, pero hay mucha gente en las calles de la ciudad y me lleva 2 horas infernales en la noche cruzar la segunda ciudad más grande de Ghana y encontrar la sede central de los Peace Corps de Estados Unidos donde me espera Camila. Pasadas las 22 horas finalmente llego y de no ser por ella me hubiera ido en menos de 15 minutos. Hubiera preferido pasar año nuevo solo en el medio de la nada antes que estar rodeado de un grupo de energúmenos borrachos hasta la incoherencia y con la arrogancia insoportable de muchos de los que vienen del país más poderoso del mundo.

El año nuevo que esperaba con tanta ilusión resulta ser una completa decepción. Aún así esperaba quedarme allí al día siguiente, al menos para descansar solo en el jardín, pero el jefe de la casa de los Peace Corps, todavía medio borracho, me dijo groseramente que no podía debido a las regulaciones de la casa. Esto me dejó bastante confundido ya que otros huéspedes extranjeros como Camilla pudieron quedarse. En cualquier caso, decido juntar mis cosas y me voy de inmediato porque, después de todo, ¿por qué pasaría un día entre adultos estadounidenses con resaca y cuyos cerebros juntos no sumarían los de un preadolescente? Prefiero estar solo en el camino y entre los ghaneses. Estoy desanimado y bastante enojado con toda la situación para ser honesto, así que recibo el año nuevo con un sabor agridulce. A lo largo del día trato de superar la gran molestia que recibo cada vez que veo personas arrogantes y blancas como estas en todo el mundo, pero particularmente en África.

Tres días más tarde llego a Accra, la capital de Ghana, donde miro los mapas y veo que hice 2800 km desde que salí de Cotonou. Lo curioso es que la distancia entre ambas ciudades por la ruta más directa es de poco más de 300 km. En ocasiones como esta tengo la certeza de que fue mucho mejor no tomar el atajo. Aún habiendo dando esta enorme vuelta, he llegado a tiempo a destino. Aquí dejaré mi bicicleta a descansar por los próximos 10 días. En dos días más tengo un billete al paraíso donde alguien me espera a mí para un hermoso reencuentro. Este sí será el comienzo de año nuevo que yo esperaba.