El miedo al miedo

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Miedo!

¿No tienes miedo?

Esta es una de las preguntas más frecuentes que me hacen con el pasar de los años y luego de innumerables experiencias de todo tipo, el miedo es uno de los grandes temas sobre los cuales sigo reflexionando diariamente.

La respuesta rápida es: ¡por supuesto que tengo miedo! Pero para desarrollar mi respuesta e ilustrarles mi actitud ante el mismo me gustaría comenzar con tres breves historias.


 UNO - "Mientras paso mis días de estudiante en la universidad, no paro de imaginar a dónde viajaré durante los tres meses de verano. ¿Será Sudamérica, será Asia, será Europa? Sé poco o nada de los lugares que imagino. Estoy lleno de incertidumbre. No tengo idea de qué comería, cómo me movería, dónde dormiría. Me preocupa mi seguridad. Siendo de Buenos Aires, me obsesiona pensar que me pueden robar y si me roban ¿qué hago?. También me preocupa que no me alcance el dinero, me preocupa perderme, me preocupa no tener a quién recurrir, cómo contactar a mi familia u obtener ayuda. Todo me preocupa y me da miedo"

DOS - "Transcurría el segundo mes de mi primer viaje en bicicleta. Comenzaba a cruzar Kirguistán con sus altas cordilleras y yo aún hacía malabarismos tratando de aprender las decenas de matices de esta nueva modalidad de viaje. Mi administración de los tiempos y mi capacidad de prever mi avance eran aún nulos y así fue como una noche en camino a Bishkek, alejado de cualquier pueblo, me encontré acampando al borde de un cementerio. 
 
Mientras montaba mi carpa al final del día antes de que oscureciera, y cocinaba mi cena ya entrada la noche, el hecho me resultaba irrelevante, porque al fin y al cabo nadie vuelve de la muerte, por muchas películas de terror hollywondense que haya visto de adolescente. Por eso cené tranquilo y con la panza llena y el cuerpo cansado
me entregué rápidamente a una noche de sueño profundo.

Hasta que en algún punto de la noche, unos fuertes golpes sacudieron mi carpa violentamente. Me desperté exaltado de mi profundo sueño y con el corazón acelerado. No había viento ni llovía, el silencio era absoluto y esta no es región de animales salvajes. Inmediatamente pensé que me podían estar robando, pero no escuchaba pasos haciendo crujir las hojas en el suelo, ni susurros. De repente, una nueva serie de golpes estremeció mi carpa y apreté los dientes con fuerza. Tenía el corazón en la garganta y empecé a imaginar que toda fantasía de película podía hacerse realidad. Pasaban los minutos entre golpes y no sabía qué hacer. 

Armado de valor prendí mi ténue linterna, y decidí sigilosamente asomar mi cabeza. Abrí el cierre de la puerta lo mínimo indispensable, saqué la cabeza y no vi más que la más absoluta oscuridad. Apunté hacia un lado y hacia el otro y no veía nada. Todo permanecía calmo. Mientras trataba de recobrar la tranquilidad me volví a acostar deseando lo mejor.

A la mañana siguiente, abrí mi carpa también con cautela. Era un día espléndido. Miré a mi alrededor y al ver que todo estaba tranquilo decidí salir con confianza reafirmado por la luz del día. Al pararme afuera, me encontré al instante avergonzado por mi hallazgo, al descubrir que aquellos golpes no habían sido los muertos vivos sino que había acampado debajo de un manzano.

Allí me quedé varios minutos riéndome solo de mi miedo y mirando las manzanas en el piso"  -

TRES - ......"Era casi el final del día cuando alcancé la base del legendario paso Sani, que separa Sudáfrica de Lesotho. Ya no me quedaba tiempo suficiente para hacer el durísimo ascenso restante, y dado el magnífico escenario de la cordillera Drakensberg que me envolvía, ahora bañada en el color dorado del atardecer, decidí acampar. Deslumbrado por el lugar monté la carpa, cociné mi cena y me senté a comer contemplando la belleza inconmensurable.

 Sin embargo, todo cambiaría rápidamente cuando justo antes de anochecer, un brutal frente de tormenta aparecía sobre las cumbres truncadas de la cordillera, en esta región donde las tormentas eléctricas son famosas por cobrar vidas todos los años. Desde ese momento, los eventos comenzaron a sucederse más rápido de lo que podía asimilar. Ya en plena noche, a campo abierto, y sin lugar a dónde acudir para refugiarme, sólo me quedaba rogar que la tormenta no siguiera avanzando en mi dirección.


 No fue así. Al poco tiempo estaba justo encima mío. Ahora el viento soplaba con furia desatada, la lluvia torrencial inundaba el piso, el granizo ametrallaba mi carpa y los truenos hacían temblar la tierra. Los rayos encendían hasta un blanco incandescente un paisaje que debía ser originalmente negro de oscuro. La carpa, inundada por dentro, se desprendió del piso, se dió vuelta y el viento me llevaba envuelto en ella. Mientras intentaba detenerla, una imagen fugaz de un cielo completamente electrificado, se grabó en mi retina y ahí entendí que estaba en serio peligro.

Convencido de que iba a morir carbonizado en cualquier momento por una descarga eléctrica, y luchando en la tempestad, logré manotear mi anotador y bolígrafo, y tratando de controlar el temblor, escribí una nota a mi familia y a mi novia (de aquel momento). Luego me eché al piso y por cada descarga acompañada de los fuertes truenos, apretaba mis dientes esperando el final. 

Mi noción del tiempo se perdió completamente y los minutos bien podrían haber sido horas. Afortunadamente, la tormenta se fue alejando poco a poco, continuando su camino. En ese mometo, de vuelta en la oscuridad absoluta, empapado, congelado de frío, temblando del miedo, comprendí que la muerte acababa de pasarme por al lado....." (lee la historia completa aquí)


He pasado muchas más experiencias de miedo, viajando o no, de las que me es posible recordar, pero en este caso me voy a limitar a las experiencias, tanto previas a un viaje como las que ocurren durante los mismos.
 
Para comenzar, quiero decirles que convivo con el miedo ni más ni menos que como cualquier otra persona. Lo experimento con mayor o menor frecuencia, pero sé que él siempre está allí conmigo. Entonces, la pregunta no es, si tengo miedo o no al hacer lo que hago, sino qué hago con ese miedo que siempre me acompaña.

  Entiendo que para algunos es más difícil que para otros asimilar al miedo como algo natural en todo momento, de modo que no resulte un motivo de parálisis. Pero el miedo en esencia, es una sensación innata en todos los seres humanos y surge, tanto racional como irracionalmente, en la medida que percibamos un peligro o una amenaza, sea esta real o imaginaria. Por lo tanto, aceptarlo como algo inherente a uno, es esencial. 

Ahora bien, teniendo en cuenta que el miedo siempre convive con uno, en una segunda instancia es crítico entonces diferenciar que no todo lo que nos provoca miedo representa necesariamente un peligro tangible. El miedo puede ser sin dudas, producto de la razón en acción para activar el instinto de supervivencia, pero bien puede ser igualmente el resultado irracional de una mente ansiosa y especuladora.

Mi primer relato refleja perfectamente este tipo de miedo. Lo que me interesa destacar del mismo es que en última instancia, estos son miedos inventados por la mente, producto de la especulación sin límites. Lo que resulta paradójico es que sean estas fantasías pesimistas, las que constituyan una de las principales formas de parálisis y no un peligro real.

Para este tipo de miedo hay una sola solución: dejar de pensar y actuar!. Muchas veces es la mismísima distancia que nos separa de una situación que imaginamos, la que nos genera la suficiente ansiedad como para temerle. Sin embargo, basta con poner los planes en marcha y ponerse en la situación, para que uno se dé cuenta que al volverse algo tangible, todos aquellos miedos previos desaparecen inmediatamente. Esa proximidad nos hace actuar en el momento presente y lo que descubrimos es la tranquilidad de que todo es manejable, estemos en casa o en un lugar completamente ajeno. La mente no tiene tiempo para estar especulando con lo que puede pasar. Uno responde en la medida de las necesidades en el momento presente y las cosas resultan más fáciles de lo que uno imaginaba.

El segundo relato es el ejemplo de los casos ambigüos, aquellos que ocurren frecuentemente ya dentro de un viaje. Es el caso en el que, en determinada situación, pueden surgir varios indicios de que estamos potecialmente en presencia de algo que nos amenaza. Lo complicado de estas situaciones es que si el miedo se apodera de uno, nos hace perder la capacidad de discernir entre lo que representa un peligro real y un peligro falso producto de todo lo que imaginamos.
Mi reacción principal en el cementario fue el miedo inmediato, sin embargo, en una segunda instancia, pude recobrar la objetividad necesaria que me permitió determinar, basado en el análisis de las circunstancias, que lo que sea que estuviera ocurriendo allí afuera, no podía ser algo peligroso. 

Finalmente, el tercer relato es un caso de peligro concreto. Aquí no es la imaginación sino la realidad, y lo cierto es que los peligros siempre existen y existirán en la medida que vivamos. Tanto el caso de este relato, como del puñado de los otros casos donde estuve realmente en serio peligro, son varias las lecciones que he aprendido. Pero la lección más importante tiene su raíz en algo que de hecho tengo arraigado bien dentro mío.

Cuando era pequeño y mi papá me enseñaba a nadar, siempre me decía que si algún día me encontraba en peligro en el mar, lo primero que debía hacer era serenarme, luego conservar mis energías y sólo usarlas en el momento de nadar con cada corriente favorable. Así de a poco llegaría a la orilla de vuelta. Con el tiempo corroboré que en las situaciones de peligro, sea en el mar o en cualquier otra circunstancia, serenarse en un instante de desesperación puede significar la diferencia entre tener chances de seguir viviendo o morir.

Por eso, quizás sin premeditarlo, sino como reacción instintiva, mi primera reacción ante el peligro es serenarme. Eso me permite pensar más claramente, evaluar mejor las situaciones y actuar con mayor inteligencia en un momento de riesgo. Es evidente que no siempre es fácil lograrlo. Hay situaciones, como en le caso de la tercera historia, en las que ciertamente no lo he logrado. También es cierto que aún manteniendo la calma, las cosas pueden salir mal, pero creo que al responder con mayor serenidad incrementamos las chances de salir bien.

 Como podrán apreciar, sea a través de los miedos inventados por la especulación mental o los miedos concretos cuando nos vemos expuestos a un peligro real, los mismos siempre están con uno. Ciertamente siempre están conmigo. Partiendo entonces de aceptar esta premisa, intentar ir en contra de ellos es simplemente absurdo.

En mi experiencia, encuentro una y otra vez, que el miedo es un medio de protección, y ante todo, un gran regulador del sentido común. No dejo que el miedo me inhiba sino que, sabiendo que está ahí, es como un compañero que me ayuda a agudizar mis sentidos. El miedo me ayuda a prever mejor lo que hago, a planear con mayor inteligencia y a reconectar con la cautela que tan fácilmente pierdo en los momentos en los que me siento omnipotente e indestructible. Me recuerda que soy muy vulnerable y por lo tanto debo tomar recaudos para poder seguir haciendo lo que me gusta hacer. 

Convivo con el miedo diariamente, pero no le tengo miedo al miedo. No dejo que me paralice, ni dejo que domine mis decisiones. Soy yo quien debe estar al mando de mis miedos y no ellos mandándome a mí. Claro está que algunas veces y en algunas circunstancias más que en otras, viajando o en la vida cotidiana, esto resulta más o menos difícil de lograr. Aún así, el trabajo con el miedo es algo que tomo como un ejercicio saludable para vivir mejor incluyéndolo, y no esperando futilmente que desaparezca.

Por último, si hay algo que me gustaría dejarles para que piensen, es que en la medida que vivamos, siempre vamos a estar expuestos al peligro sin importar cuan grande sea la ilusión que nos hayamos creado de que estamos seguros, porque como bien decía Hellen Keller "La seguridad es mayormente una superstición", y en la medida que los peligros estén al acecho siempre tendremos miedo y mi respuesta a eso es no tenerle miedo al miedo.